Inicio de la Revolución Francesa

La libertad guiando al pueblo

Podemos decir que la Revolución Francesa de 1798 fue el cambio político más importante que se produciría en Europa teniendo lugar a finales del siglo XVIII. La importancia de dicha revolución no residía en el evidente cambio para Francia; y es que este ejemplo revolucionario serviría posteriormente a otros países que también se veían inmersos en conflictos sociales marcados por regímenes monárquicos autoritarios.

Por aquel entonces, durante el siglo XVIII, ya habían surgido ciertas ramas filosóficas que intentaban de alguna forma poner en tela de juicio el Derecho Divino. Ideas que poco a poco iban calando con mayor fuerza y dando forma a la Ilustración, basada en principios como la razón, la igualdad y la libertad.

Por un lado teníamos la figura autoritaria del monarca y la nobleza, quienes aglutinaban todo el poder de Francia. Por otro se alzaba una nueva burguesía que comenzaba a adquirir cada vez más importancia en el terreno económico y pretendía conseguir mayor poder político.

También encontramos una crisis económica debida a las malas cosechas y a las pérdidas ocasionadas por contiendas de la talla de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos o la Guerra de los Siete Años.

Los gastos militares y las malas cosechas hicieron que la población se sumiera en la más absoluta miseria. Algo que sin duda alguna repercutía en el diezmo y los tributos que estos debían pagar al clero y a la nobleza.

Por otro lado, los despilfarros del rey seguían siendo frecuentes, algo que sin lugar a dudas crispaba aun más los ánimos de un pueblo muerto de hambre.

Si a todo ello se le suma el malestar general de las clases más humiles, que cada vez se dejaban arrastrar más por ideas ilustradas, tenemos un perfecto caldo de cultivo para que finalmente surja una revolución.

Algunos ministros de Hacienda intentarían encontrar una solución a esta gran crisis económica, pero sus medidas sólo complicarían aun más la situación. Pretendían que la nobleza pagara también el diezmo, una solución que pareció no gustar demasiado a esta clase privilegiada.

Ante tal desastre se reúnen los Estados Generales, los cuales no se habían reunido desde 1614. Estos estados no eran más que una asamblea general extraordinaria en la que existía una “representación” de todos los segmentos de la sociedad (menos los pobres). Así, los tres estamentos estarían formados por el clero (Primero), por los nobles (Segundo) y por el pueblo (Tercero). Estos estamentos contaban con un voto cada uno, suficiente para aplacar la voz del pueblo ante cualquier votación gracias a los dos primeros estamentos.

No obstante, en los Estados Generales de 1798 sucedió algo que cambiaría el rumbo de la historia y que abriría las puertas de la Revolución Francesa.

La sesión fue inaugurada por Luis XVI, a su derecha estaría situado el clero (con 291 representantes), a la izquierda la nobleza (con 270) y frente a estos el Tercer Estamento (con 578 representantes).
A pesar de que durante los discursos del rey y del ministro Neker se habla del problema que se debe tratar en esta reunión, el déficit presupuestario. No se hace ni una sola mención al sistema de los votos, que preocupaba enormemente al Tercer Estamento (entre los que se encontraba la burguesía) pues veían claramente una estrategia del rey para seguir manipulando a su pueblo.

Estos Estados Generales pusieron de manifiesto que ni la nobleza ni el clero formaban bloques homogéneos; y es que había ciertos sectores de estos estamentos que estaban más cercanos a los ideales del pueblo. En el clero podíamos encontrar humildes curas que estaban más cercanos a los ideales de sus fieles. Así, también existían nobles que para nada eran poderosos y que por tanto estaban más próximos al Tercer Estamento.

En ese momento el sacerdote Sieyés, diputado del Tercer Estamento, hará un llamamiento a la nobleza y al clero para que se una a ellos, así, dos nobles y 149 miembros del clero se les unirían, creando por tanto una revolución jurídica.

Como consecuencia se establece una asamblea única que será la encargada de representar a todo el pueblo, una asamblea que pasaría a llamarse Asamblea Nacional.

Este acto fue tomado por Luis XVI como una evidente revolución. Un impertinente comportamiento que intentaría zanjar cerrando la sala y prohibiendo su entrada todos los que habían apoyado tal cambio jurídico.

No obstante, la oposición del rey no evitó que la Asamblea Nacional no se volviera a reunir, esta vez en un lugar diferente, la Sala del Juego de Pelota de Versalles. Allí se realizaría el Juramento del Juego de Pelota, que lejos de tener algo que ver con éste, era una especie de pacto mediante el cual se comprometían a no separarse hasta dar una Constitución al país.

El 27 de junio el rey cedería e invitaría al resto de nobleza y clero a unirse a la asamblea. De esta forma, se terminaba el absolutismo monárquico llegando la monarquía parlamentaria, que no fue más que el principio del fin.

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Foto: Eugène Delacroix – La libertad guiando al pueblo

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5 comentarios

  1. Bertrand dice:

    Muy buen artículo. Bravo!

  2. marianyeliz dice:

    esta bueno esta informacion :)

  3. Juy dice:

    Hola Estem,No Me Sirvio Mucho Quiero Saber Cuando Empeso En Que Año Como Surgio Esas Cosas,Igual Muy Buen Arículo Pero Creo Que Deberia Decir Eso :)

  4. paz dice:

    PZ Q DIJO ESTA INTERESANTE (ABURRIDO)

  5. Malu dice:

    Mmm sinceramente me gusto mucho la informacion.. pero tuve que tipearlo casi todo para mi trabajo de la universidad de todas formas gracias

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